02 febrero 2006

BAMBALINAS

Arriaga asiente dándole la extrema unción a un cigarrillo. Era cierto lo que decía Manolito, más que los porteros de un local de streeptease ahora parecían gárgolas de un hogar del pensionista. Los espejos aún podían ofrecerles un atisbo de esperanza, pero la caja del negocio, cada vez más escueta, mucho les hacía temer que ni siquiera llegarían a la edad de jubilación en “Bambalinas”, el último cabaret de la ciudad.

-Los tiempos han cambiado-, mascullaba Arriaga. Y Manolito entornaba los ojos y le parecía estar viendo a Lola Varcell, la antigua dueña del cabaret, firmar autógrafos en la entrada, tan bajita pero con tanto glamour y las tetas tan bien puestas. Fueron tiempos bonitos lo del destape, años en los que por fin dejaban de ser vistos como macarras y la actividad del local, en otro tiempo semiclandestina, pasaba a ser considerada incluso de interés público por la nueva conciencia progresista. Cada noche el local se abarrotaba para ver a Lola y a sus niñas, las chicas más guapas y bordes del país: “La Tremenda”, “Susanita la gallega”, “Remedios Linares”, todas ellas pasaron por “Bambalinas” con sus números picantones pero nunca escatológicos, como parece que ahora les gusta al público. -¿Te acuerdas Arriaga?-, Aquellas noches llovían las propinas por el aparcar el coche o cubrir a los señoritos con los paraguas. -Ahora ni siquiera para tabaco, Manolito-. Ambos subsistían en pisos de renta antigua, tan quejumbrosos como la puerta del local.

Y es que “Bambalinas” hacía años que no se reformaba. Los neones funcionaban según el grado de humedad del ambiente y el parquet rojo, en otro tiempo eléctrico y sugerente, ahora parecía un campo de amapolas minado por quemaduras de cigarrillos. –Si Lola levantara la cabeza, ¿Verdad Arriaga?- Pero Lola hacía años que había muerto y con ella, la gracia del cabaret. A manolito se le erizaba el vello recordando los últimos meses de la jefa, que con el cáncer invadiendo hasta su sombra, todavía tenía ovarios para subirse al escenario y hacer reír al público quitándose la peluca. Ya por entonces el negocio estaba menguando, pero todavía la gente acudía a “Bambalinas” para ver a las niñas o el famoso número del recluta y la pastilla de jabón de José María “La revoltosa”. Sin embargo, fue morir Lola Varcell y todos dieron la espantada, conocedores de que los tiempos exigían números más extremos y carentes de ironía. Desde entonces, el local pareció heredar la enfermedad de la fundadora, y las numerosas manos por las que había pasado la gestión sólo lograron degradarlo en elegancia y calidad, de tal manera que ahora, para la mayoría de la gente, “Bambalinas” era un sitio casposo y repugnante. Chicas escuálidas, con la mirada perdida por la humillación de abrirse de piernas ante borrachos y enfermos, eran el único cartel que ofrecía el local. Pobres mujeres de países el este que apenas hablaban español pero que tenían que soportar el sobeteo y hasta la violación por apenas mil euros al mes. Esclavas del sexo, su sueño de comenzar una nueva vida en España había sido tan efímero como la fantasía de Manolo de adquirir el local, un imposible que sin embargo, nunca había dejado de rondarle la cabeza.

Si me tocara la lotería, Arriaga, volvería a hacer de esto lo que era- Y Arriaga encendía otro cigarro mientras Manolo imaginaba “Bambalinas” repleto de nuevo de señoritos y estudiantes, empresarios y seminaristas, viendo a Lola Varcell resucitada, Chemita La Revoltosa y las niñas en un local de maderas finas y parquet rojo eléctrico, en un cabaret con clase forrado de plumas, charol, risas y ron de caña. –Hora de cierre, Manolito, baja ya de las nubes, que hace frío- Ambos emprendieron el viejo ritual de cerrar la persiana y quitar los carteles, apagar el cuadro de luces y contar la caja en la barra con un vermut entre las manos huesudas y llenas de manchas. Las pobres rusas bebían cansadas y el camarero, Saturnino, limpiaba el polvo de las botellas tarareando My sweet Valentine. –Vamos recuperando, Arriaga, veinte mil pesetas esta noche- Y Arriaga sonreía sin ganas pero con alivio, ignorante como todos de que aquella noche era la última que pasarían en el cabaret.

Y es que no hay mayor enemigo para cualquier negocio que sus ladrillos. Hoy “Bambalinas” es otra inmensa, rentable y lúgubre tienda de ropa.

5 comentarios:

Gabi dijo...

Los tiempos mueren y quedan sus fantasmas.
La atmosfera del relato es densa y ajada, como la de un viejo cabaret.
Enhorabuena.

heliopolis dijo...

Muy bueno pisha. ¿Nostalgia de un pasado nunca vivido?

laveron dijo...

bueno…a ver ahora.
este relato me ha gustado mucho. me recuerda como ciertos espacios de la ciudad se pierden tanto como los entusiasmos, pero queda una zona de nostalgia, una zona común a todos.
en urbanismo (a una escala más grande) se hablaba hace unos años de terrain vagues, zonas de la ciudad abandonadas, que algún día fueron motores de la misma, con una vida insólita (estaciones de trenes en desuso, fábricas, etc). Estos mismos territorios, llenos de pasto y soledad, por alguna razón poseen el potencial de su fantasma…algunas ciudades los han reconvertido en el afán de aprovechar esas instalaciones…pero nunca recuperan eso…el entusiasmo que guardaban.
el cabaret podrá abrir como tienda…pero por la noche seguro que unas bataclanas (las chicas que trabajaban en él, las bailarinas, las artistas) salen a bailar entre sus estantes.
más o menos esos decía el comment anterior
un beso grande
laura

Evita dijo...

Me ha gustado muchísimo. Casi he respirado el olor denso de tabaco y humedad, y casi he tenido que encender la luz para poder vislumbrar algo en la penumbra del cabaret.

De veras, me ha gustado.

javierdebe dijo...

Eres bueno creando atmósferas, pero eres mucho mejor llenándolas!.
Un abrazo.