07 junio 2007

SIAMESES

Ayer me perdí a mi mismo. No me ato corto y pasa lo que pasa, al menor descuido ya no estoy conmigo y me quedo con cara de bobo, buscándome por las calles. Eso pasó ayer. Andaba caminando después del trabajo, sin pensar demasiado en el cansancio para no hacer del mismo un lastre insoportable hasta llegar a casa. Caminaba a pasos lentos, entreteniéndome mirando los escaparates y las turistas mientras yo iba a mi lado con gesto contrariado, como me pongo cuando sé que después del trabajo vamos directamente a casa, que no hay discusión que valga al respecto. Contrariado pero no resignado, con ese gesto de niño travieso cuando quiere parecer que no está ideando alguna trastada. Ahí está el verdadero problema, que no crezco. Porque mi yo no se resigna a que las cosas son como son, y que va conmigo como yo voy conmigo también, como siameses de telediario. Soy testarudo y, claro, en cuando bajo la guardia aprovecho para escaparme en silencio y sin avisar. Eso pasó ayer, que mi yo me hizo, que me hice a mi mismo, una pirula.

Cuando miré a mi lado, ya no andaba conmigo. No sé si fue mientras miraba los libros del anticuario o mientras pensaba en la cena. Quizás fuera, ahora que lo pienso, mientras aquellos dos abuelos me preguntaban por no sé cual calle perdida. El caso es que cuando me pregunté si estaba cansado de andar, si quería que nos parásemos a tomar un refresco, ya no me encontraba a mi lado, y aunque ayer no fuese la primera vez que me fugo, me asusté al no verme porque no puedo evitar temer por mí mismo. Es cierto que al final nunca me pasa nada, que muchas veces cuando no me encuentro me voy solo a casa y al rato aparezco despreocupado, hablando de cualquier cosa para evitar los lógicos reproches que me hago por no hacerme caso. Pero ayer no pude dejar de pensar que me podía haber perdido para siempre, que mi vida estricta quizás me hubiera cansado, que quizás hubiera decidido andar por caminos separados consciente de que mis vidas no pueden armarse como las piezas del tente. Me asusté al considerar la posibilidad de no insistir en buscarme, de marcharme resignado a casa y una vez allí comprobar que pasaban días, o tal vez años, sin volver a verme en el sofá leyendo o gastándome bromas, o encargando una pizza cuando ya me he preparado una ensalada. Me aterrorizó la idea de vivir en un páramo gris grés, como tanta gente en tantos sitios.

Estuve durante horas buscándome desesperado entre la muchedumbre, haciendo y deshaciendo el camino del trabajo a casa. Entrando en tiendas, en bares, recorriendo callejones y plazuelas por si acaso alguien me había visto por allí. Pero nadie sabía nada de mí, nadie me conocía ni podía siquiera reconocerme tal y como me estaba describiendo. Finalmente, aturdido, me senté en un banco de la plaza nueva, por si acaso el también me estuviese buscando. Anochecía. Las palomas huían a los tejados, la estatua del rey mutaba en sombras y yo solamente pensaba en que no podía volver a casa sin la certeza de haberme encontrado. Al rato, obnubilado con mis presagios, no reparé en que alguien se había sentado a mi lado, en que alguien me ofrecía un cigarrillo. Miré sin entusiasmo y descubrí que era yo.

No me dije nada, tampoco me pedí disculpas. Fumamos despacio sin hablarnos y emprendimos la vuelta a casa. Las palomas ya dormían en los tejados y el rey había abdicado a favor de la noche. La masa se había dispersado y las tiendas y los bares comenzaba a hacer caja entre ruidos de cerrojos y platos. A través de calles solitarias, ambos caminábamos en silencio. Yo, contando derrumbado las farolas que nos guiaban por las calles. Mi yo, inquieto ante la posibilidad de haberme perdido con mi madurez, mis estrictas reglas y mis ensaladas.

01 junio 2007

PFF

Cierto, vale, calidad y cantidad, conceptos contrapuestos, aunque si además de escribir poco lo que escribes carece de calidad literaria... Bueno, siempre queda el ejercitar un poco la mente, quién sabe, quizás a fuerza de esto esté descartando de mis futuras enfermedades la demencia senil. Además, Ángel, has estado ocupado, se entiende. Creo que lo ha dicho cuando me ha visto la cara que he puesto, porque aunque me da caña y sabe que la necesito también sabe que llevo bastante regular cualquier crítica que no provenga de mí mismo. Es un defecto, lo sé, pero ya tengo bastante con mirarme al espejo y además, es cierto que he estado bastante ocupado. Al menos así me lo suelo vender yo, y la verdad, me lo compro bastante barato. Es lo bueno que tiene justificarse ante uno mismo, como te lo haces en casa no tienes que comprar fuera los materiales. Barcelona de todas maneras es una ciudad que no me viene bien al alma porque me gusta demasiado, y creo que ese el motivo por el que llevo toda la semana un poco jodido, sin ganas de escribir. Y mira que estoy convencido de que es una ciudad en la que el diseño y la cultura son un poco artificiosos, como de parque temático maquinado para sorprender, pero es que por más que me lo digo vuelvo luego al sur, me siento a la mesa y no dejo de sentirme durante unos días un poco barroco, como del siglo XVII. Qué estupidez, ahora que lo pienso. Lo que realmente me jode es que tengo un relato largo a medio terminar que no sé cómo acabará. Acudir a la lectura es bueno en estos casos, me digo. Aunque en mi mesilla están Tokyo Blues y El mal de Montano, no sé cuál es mejor. Por lo que llevo leído, con uno me terminaré cortándome las venas y con el otro volviéndome loco de literatura. Ni una cosa ni otra se me apetecen. La primera mancha demasiado y la otra es lo único que me faltaba para dejar de escribir para siempre. Pero ha sido un regalazo lo del viaje a Barcelona por sorpresa. Me ha quitado las ganas de escribir esta semana, pero pronto hará el efecto rebote. Estoy seguro. Me lo vendo así y lo compró de inmediato. Al final, resulta otra buena justificación para no considerar que se me están acabando las oportunidades de mantenerles a la expectativa. Calidad y cantidad, literatura y ego, este blog terminará siendo, como no me lo curre, otro diario más de un gordo sentimental medio calvo, otro caso más del que quería ser guardia civil y acabó de portero de discoteca. Y qué coño me importará a mí, dirá más de uno. Cierto, vale. Me callo.

20 mayo 2007

EL BUCLE

Un parque solitario y dos amigos que se encuentran, muy tarde ya en la noche, cada noche.

-¿Todavía sigues aquí?

-Sí... Y creo que va para largo. ¿Y tú? ¿Por qué has vuelto?

-No lo sé, no puedo evitarlo. No es algo consciente.

-Ya, debió crearte algo así como un bucle en tu cerebro, ¿no?

-¿Tu muerte? Puede ser, aunque tampoco éramos íntimos, quiero decir...

-Sé lo que quieres decir. A mí me ocurre igual con el parque. Tampoco éramos íntimos y ya ves, resulta que éste parece ser mi purgatorio.

-¿Y no puedes salir? ¿Lo has intentado?

-Supongo que eres tú el que no has intentado sacarme de aquí. O más bien tus recuerdos.

-No lo hago queriendo. En serio, si por mí fuera, te mandaba directo al cielo. Pero mis recuerdos de ti están asociados a este parque, a aquel sábado por la noche cuando Laura nos presentó.

-Ya. Estamos los dos condenados. Yo a estar aquí y tú a venir a verme cada noche.

-Seguro que cuando menos lo esperemos, todo esto se habrá acabado.

-Eso espero... Aunque en ese caso, no sé adónde iré a parar yo.

-Debes sentirte solo.

-Sí, pero ¿Sabes?Al menos me han dejado una botella de ron. ¿Quieres una copa?

-No, gracias. No suelo beber cuando sueño. Me da resaca.

10 mayo 2007

CIRCUNLOQUIOS

Apuró el ron mientras miraba al techo, borracho. Todos sus amigos se había ido y sólo quedaba él en el bar certificando la noche entre destellos de neón. El humo y el calor formaban nubes caprichosas contra las luces, y cientos de cuerpos apretados, sudorosos, borboteaban a su alrededor bailando. Pensó divertido que sobre aquellas cabezas crecía una borrasca de feromonas, dispuesta a descargar deseo. Un deseo que en su caso se encontraba abotargado por el alcohol y el tedio, pero que le impedía marcharse como si le atase los tobillos a la barra. Miró el reloj. Las cinco.

Muy cerca suya, una muchacha fumaba impasible como quien espera un autobús cotidiano, aburrida y resignada, balanceando la cabeza al compás de la música de cuando en cuando. Mientras miraba a la puerta del local, pensaba taciturna que en cualquier momento alguien aparecería con una claqueta, gritaría “corten” y todo el mundo se esfumaría. De hecho quizás lo gritara ella, por si surtiera efecto. Querer y no querer, la teta y la sopa, la rabia y porqué no decirlo, las ganas de sexo la mantenían tensa y la hacían sentirse patética. Miró el reloj. La pila se había gastado.

Le preguntó la hora y luego si tenía condones. El resto, no serían más que suspiros e inventos, otro de los ya conocidos por ambos breves circunloquios de la soledad.