21 septiembre 2005

EL BUCLE

Cuando entró en aquel lugar espeluznante, uno de los terribles campos de concentración de la segunda guerra mundial, sintió una extraña familiaridad, una sensación que le había acompañado desde que cruzó la frontera con Alemania, una inhóspita certidumbre de pertenencia que no había sentido en ninguna otra parte durante los tres meses que llevaba recorriendo Europa.

Joao Durasso, como muchos otros brasileños adinerados, había decidido explorar el viejo mundo tras acabar la carrera como paso previo a su incorporación a la dirección de las empresas familiares. Había aterrizado en Madrid una noche calurosa de agosto, y desde allí, comenzó una ruta de sur a norte y de este a oeste en búsqueda de sus improbables raíces europeas, tan apreciadas por la alta burguesía sudamericana, reticente de todo lo que se antoja precolombino.

Hacía diez días que había aterrizado en Berlín procedente de Roma, acompañado de su primo Duno. Y nada más bajar del avión, tuvo una brusca sensación de opresión en el pecho que Duno restándole importancia atribuyó al vuelo, pero que Joao asimiló a sumergirse en el mar lanzado por alguien desde la cubierta de un barco. Conforme pasaron las horas, ese extraño encontronazo con el aire frío y cortante de Berlín fue disipándose, pero el residuo de un silencio opresivo que lograba acallar en ocasiones el ruido de la ciudad y la charla animada de Duno permaneció durante toda su estancia en Alemania, acrecentándose sensiblemente cuando visitaban determinadas ciudades y lugares: Asfixia, mareos, jaquecas, insomnio, fatiga, náuseas… Somatizaciones no relacionadas con ninguna enfermedad física, según le había comentado un médico que lo reconoció en uno de esos episodios, pero en cualquier caso sensaciones que a Joao le hicieron llegar a la conclusión de que permanecer en Alemania durante más tiempo era insoportable, aun sin saber el porqué.

Ante las súplicas de Joao, Duno accedió a no prorrogar la estancia en el país y seguir la ruta a través de Polonia, pero no permitió eludir una siniestra ruta por algunos campos de concentración como experiencia ineludible de conocimiento de la historia de Europa. Tal eran las ganas de Joao de ver el fin a aquellos días, que aceptó sin mayores reticencias esas últimas visitas. Sin sufrir mejoras, los primeros campos que visitaron no mejoraron, pero tampoco empeoraron, las náuseas y la opresión en el pecho. Pero cuando llegaron a Grob Rosen, Joao supo de forma tajante y fría que algo se había desencadenado en su interior, como si la primera visión de aquel espacio yermo y maldito hubiera iniciado una reacción en cadena de consecuencias imprevistas y sin final en el tiempo. Salió de la ruta guiada en estado de trance, callado y con un sudor gélido agarrado a su piel morena.

Dos semanas más tarde, un vuelo desde Varsovia a Brasilia con escala en Londres acabó prematuramente con la experiencia en Europa de los dos jóvenes, y lo que fue peor, con la juventud de Joao, que se sumergió en una febril investigación sin orden ni uniformidad sobre el holocausto nazi, la reencarnación y los orígenes de su familia. Aunque físicamente no tuvo de nuevo episodios de pánico, se fijó la idea en su mente de que había una verdad detrás de aquel viaje y que sin su conocimiento, nada podría volver a ser lo mismo. Ni sus padres, ni Duno ni Valeria, su prometida, pudieron apartarle de su quimérica convivencia con las bibliotecas y los médiums. Todos coincidían en que nada bueno podía traerle esos estudios a Joao. Hasta que una tarde desapareció sin rastro con su carpeta roja, rebosante de anotaciones y recortes de prensa.


Joao al saber la verdad, ésta fue tan insoportable que no sólo no pudo asimilarla, sino que además se aseguró de mantenerla en secreto. La guardia costera lo encontró ahogado en Río, en la playa de Leblon, como, veintiséis años antes, precisamente el día de su nacimiento, encontraron a uno de los mayores criminales de guerra nazis huido de Alemania al terminar la guerra, un ser monstruoso del que sólo Joao supo que no encontró ni nunca encontrará la paz o el castigo.

5 comentarios:

Juan Antonio Bermúdez dijo...

Muy bueno. ¿Tu particular homenaje a Simon Wiesenthal?

Beaumont dijo...

cambiaré el link, una cada veinticuatro :)

el que deambula dijo...

Lo has adivinado, Juan Antonio. Al menos se me ocurrió leyendo la noticia sobre su muerte. No sé si es un homenaje o no, pero particularmente siempre me acordaré de ese personaje.

Carlos, mejor aún: Una cada vez que tengas ganas, yo por mi parte intentaré siempre que haya al menos una de vez en cuando, cuantas más mejor, aunque colgar por colgar no... Un abrazo amigo.

ana dijo...

Lo dicho, terrible post! Se me vinieron a la mente pelis como 'El pianista', 'Los niños del Brasil' o 'La vida es bella', todas juntas... Desgraciadamente, no sólo son películas...
Ángel, te sigues superando..
Besitos!

mmori dijo...

El pasado no muere, no pasa, permanece ahí, constantemente, como una conciencia arrebatadora...