01 diciembre 2006

DOS AÑOS YA

A veces uno considera importante lo vano, y fútil lo importante. Qué es si no este espacio en medio de los millones de textos que circulan, punto a punto, por toda la red. Nada. Un callejón oscuro y sin salida dentro de la gran ciudad. Un tiempo preciso en el devenir de los siglos. Nada, lo dicho. Seria vano considerar importantes mis palabras si las coloco justo al lado de otras palabras del presente o del pasado. Se ha dicho tanto, y de tantas maneras diferentes, que si todo no está dicho, sí se puede afirmar que es difícil hacerlo de forma más concisa, o de forma más completa. Lo contrario, pregonar la belleza de una voz irrepetible, la mía, como es irrepetible la voz de cualquier otra persona, sería fustigar el ego con el látigo de la individualidad. Unos azotes peligrosos, placenteros al principio, pero tendentes a crear escaras en lo más profundo de la confianza en uno mismo.

Una vez hablando de esto con una amiga, expliqué que para mí escribir no es un habilidad, sino más bien un defecto poco práctico de mi personalidad. La necesidad de expresar y de exhibirme al hacerlo, se convierte no pocas veces en una fuente de sinsabores. Unas, por no ser capaz de plasmar de forma escrita lo que mi mente ve, huele, oye o toca. Otras, por no entender, como en la mecánica, qué piezas de un texto hacen funcionar la emoción del que los lee y cuáles entorpecen su empatía. Las más, y de eso me siento un triste esclavo, por pretender con todo lo que escribo ser querido y respetado. Por intentar resumirlo del modo lo más gráfico posible, aquella vez le expliqué para mí escribir es como tener hambre y a la vez náuseas.

Sinceramente, me siento perdido con todo este asunto. Al principio pensaba que escribir sólo tenía sentido si uno alcanzaba la publicación, el premio, la foto con cara de interesante. Después consideré que sólo tenía sentido si escribiendo uno era capaz de perfeccionar su lenguaje, de adquirir esos elementos mágicos que hacen de un conjunto de palabras un ser vivo, independiente a su creador. Ahora, unos cuantos años después, creo que escribir no tiene sentido salvo la profundización en el conocimiento de uno mismo a través de los demás. Y me da miedo. Porque una persona puede alcanzar la fama y retirarse, puede convertirse en un ingeniero de formas y dejarlo un buen día. Pero desnudarse, mirarse al espejo y contarle a los demás honestamente quién eres, por muchas metáforas que quieras aplicar para disfrazarlo, es un proceso que no tiene marcha atrás.

A veces uno considera importante lo vano, dejando atrás la verdadera esencia de las cosas. Porque este espacio no es nada, y sin embargo me ha permitido conocer a algunas personas que son ahora parte esencial de mis días. También porque no hay demasiadas visitas, ni comentarios, ni referencias, y sin embargo me ha permitido, con altibajos, ir mejorando la manera de equilibrar lo que mi mente augura y mi lenguaje fabrica. Pero sobre todo porque “dmb”, que un día, quizás pronto, desaparecerá como empezó, por casualidad, ha descubierto ante mi la imagen desnuda de mi interior. El terreno pantanoso, el cuarto oscuro, el laberinto del insomnio en el que, siga o no escribiendo, debo seguir explorando.

Por eso, y por todo lo demás, gracias por seguir ahí, cogiéndome de la mano.

5 comentarios:

heliopolis dijo...

Le quitas las ganas, las pocas ganas que tiene uno de escribir, y leerte a ti y a dos o tres más.

pasmao dijo...

¿De la mano? A ti te iba a agarrar yo de otro sitio.

Anónimo dijo...

Si, si, yo te cojo de la mano, pero tu sigue escribiendo...

C.F

javierdebe dijo...

Dos años ya, prueba de que el tiempo pasa. A juzgar por lo que escribes puedo afirmar que efectivamente el tiempo pasa, sí, pero no de ti!! Espero seguir leyéndote otros taytantos más! (por lo menos)
Un abrazo grande.

Anónimo dijo...

menudo descubrimiento he tenio gracias a la vio. que envidia, que valentia para hurgar y enseñar
Gabriela