01 noviembre 2006

MIS TRES ABUELAS

Mi abuela Ana era una mujer morena, muy morena, de rasgos agitanados. La recuerdo casi siempre seria, aunque muchas veces se me viene a la cabeza sus risas cuando me llamaba tostaillo y a mí, no sé porqué, me molestaba tanto que me llamara así. No tengo muchas vivencias con ella, porque vivía con mi tía y murió cuando tenía yo nueve años. Pero sí se me quedó grabado algo que me contó una vez sobre una muñeca que le regalaron y que le encantó porque era tan alta como ella. Una de esas muñecas de cartón que ahora darían miedo, pero que a ella a sus ochenta y picos años se le antojaba una de las mejores cosas que le habían pasado en la vida. Jerezana, flamenca del barrio de Santiago, fue una mujer recia, sufrida, débil y a la vez llena de fuerza.

Mi abuela Mercedes era mi vecina, pero mi madre decía que su apellido y el de ella procedían originariamente de una misma familia de Jerez. Por ello, pero sobre todo porque de pequeño pasaba casi tanto tiempo en su casa como en la mía, ella era mi abuela, y su familia, mi familia. Tenía unos ojos azules impresionantes, como los de mi madre, y no había hora del día en la que mis impertinentes visitas no le alegrasen. Recuerdo de ella sus besos sonoros y su pelo blanco, y también cómo mataba a las gallinas que le traía el “tío” Federico de la granja: De un meticuloso tajo en el pescuezo. Recuerdo que me embobaba viéndola desplumar al animal, y aunque ahora me parecería una visión desagradable, lo hacía con tanta naturalidad (la propia de una vida tan diferente a la de ahora) que disfrutaba viendo aquel proceso en silencio, al calor de la cocina y de su perro mastín, waskarán.

Mi tercera abuela, mi abuela con mayúsculas, era mi abuela Trini, la que vivió en mi casa y la que prácticamente murió en mis brazos con la mente lúcida, cuando yo tenía catorce años y ella ya ochenta y ocho. Mi abuela Trini era de Baeza, estudió Magisterio y le hacía gracia de pequeño verme llorar al cantarme un tango de Gardel muy triste, el de la cieguita, que aún hoy me pone los vellos de punta. Me contaba que conoció a Machado cuando era pequeña, y que mi bisabuelo, que luchó en Cuba, dejó la isla llena de primitos míos. Siempre venía a despedirse de mi por las noches con un beso, y en los últimos años, al calor del brasero, los dos disfrutábamos cada tarde viendo a Miliki en la tele. Terca, tierna y llena de historias, ella es la culpable de muchos de mis relatos.

Yo he tenido tres abuelas porque no entendía ni entiendo de genes ni de parentescos. Tres mujeres viudas, excepcionales en lo cotidiano, que hicieron de mi infancia algo excepcionalmente memorable. Tres mujeres que ya, como tanta otra gente, no están para indicarme los caminos. Hoy me he acordado de ellas mientras veía a unas señoras mayores camino del cementerio, cargadas de cubos y fregonas, listas para limpiar concienzudamente las lápidas de los suyos. Y he tenido la necesidad de hacer lo mismo, sentarme unos minutos y limpiar, a mi manera, su recuerdo empañado por el tiempo. Dejar brillante y adornar con flores lo más profundo de mi memoria.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

ay las abuelas, las que no entendían de nada o no querían entender...me uno al himno por las abuelas, un beso a todas ellas y a ti por recordarlas, marian

mmori dijo...

A veces recordar es como desempolvar el pasado, ¿verdad?, y dejarlo limpio y reluciente como un día estuvo...